Cultura

“Los cuidados invisibles”, un libro-semilla para imaginar otro mundo posible en tiempos de colapso

En un escenario postapocalíptico, la escritora Clara Andrade imagina una comunidad de mujeres amparada en el cuidado, la cooperación y la memoria ancestral. Uno de sus textos dio origen al reciente espectáculo de la compañía Quantum. En el marco del Día de la Mujer, la autora cuenta a LA CAPITAL sobre sus personajes que sostienen la vida en medio del caos ambiental y social.

Por Rocío Ibarlucía

En un futuro cercano, en el año 2054, un grupo de mujeres sobrevive en el subsuelo de una colonia biotecnológica. Afuera, el planeta atraviesa las consecuencias de guerras, catástrofes climáticas, hambrunas y extinciones masivas de especies, entre ellas, la humana. Abajo, en una lavandería, ellas sostienen lo que queda de vida.

Ese universo distópico forma parte de “Los cuidados invisibles”, el libro de la psicóloga, escritora y dramaturga Clara Andrade, que más tarde fue el punto de partida de la obra de danza-teatro homónima de la compañía marplatense Quantum, dirigida por Gimena Torti Romairone.

El volumen, ilustrado por Sandra Othar, reúne tres relatos atravesados por una misma pregunta: ¿qué historias contamos sobre nuestra especie y qué queda fuera de esos relatos?

En lugar de narrar las hazañas de los grandes héroes, Andrade dirige su mirada hacia las tareas silenciosas e infinitas de las mujeres que sostienen la vida de nuestra especie. Aquellas que suelen quedar fuera del relato histórico, como cuidar, limpiar, remendar, alimentar, recolectar y guardar semillas, acciones mínimas que hacen posible la continuidad de la existencia y que también son el germen de las ficciones.


“La escritura del libro se extiende como parte de una conversación con el contexto geopolítico actual de extrema violencia, extractivismo y desigualdad”.


El libro despliega ideas provenientes de teorías ambientalistas y feministas sin abandonar la sensibilidad poética. Desde allí, invita a repensar la crisis ecológica y social provocada por el modelo capitalista, patriarcal y extractivista que –aunque proyectada hacia el futuro– ya se hace visible en el presente, e imagina otras formas de convivencia que podrían emerger en ese escenario.

“Queridas hormigas: ya que son las encargadas de escribir los acontecimientos en estas semillas, tengan a bien recordar que en esta historia cruel y voraz hubo siempre quienes eligieron cuidar”, puede leerse en uno de los pasajes del libro. En esa imagen, Andrade describe la posibilidad de tejer una nueva trama social, donde sobrevivir implica también aprender a convivir con otros y con la naturaleza e hibridarse con otras especies.

Entre la distopía y la esperanza, “Los cuidados invisibles” funciona, como dice su autora, como un libro-semilla, es decir, un texto dispuesto a germinar en preguntas sobre el presente y el futuro de la vida en común. En esta entrevista con LA CAPITAL, Andrade reflexiona sobre las inquietudes que dieron origen al libro y a su versión escénica, los vínculos entre ficción y activismo, y la necesidad urgente de imaginar nuevas formas de pensar, sentir, contar y habitar un mundo en crisis.

—¿Cuál fue la imagen, escena o pregunta inicial que motivó la escritura de este libro? ¿De qué inquietud íntima o política nació tu universo distópico?

—“Los cuidados invisibles” es apenas un puntito en la trama de sentipensares e inquietudes que mueven mi hacer artístico junto a la compañía Quantum, una grupalidad de mujeres artistas de la ciudad, que hace 18 años transitamos procesos creativos y de investigación de las artes escénicas, bajo la dirección de Gimena Torti Romairone. La escritura del libro no tiene un punto de inicio claro, más bien se extiende como parte de una conversación con el contexto geopolítico actual de extrema violencia, extractivismo y desigualdad; una curiosidad filosófica acerca de las formas de vivir y morir en esta Tierra, y la urgencia por recuperar saberes ancestrales para inventarnos otros mundos posibles. Lo que se presenta como distópico en la actualidad ya no es la ficción, es la realidad de un sistema social que colapsa, que promueve un consumo que el planeta no alcanza a metabolizar. Tal vez lo que haya movido la escritura con más impulso haya sido la necesidad urgente de inventar nuevas narrativas, menos violentas, más cuidadosas de lo que nos sostiene con vida.


“Frente a este colapso múltiple, en esta crisis civilizatoria, se vuelve urgente y necesario construir colectivamente nuevas formas de pensar, sentir y habitar el mundo”.


—El libro reúne tres relatos que dialogan con el colapso del capitalismo, del medio ambiente y del Antropoceno. ¿Qué estrategias encontraste para que las ideas ambientalistas y feministas se hicieran carne en cuerpos, vínculos, tramas?

—Me cuesta pensarlo como estrategias, la escritura de por sí no busca convencer ni bajar línea, más bien lo que intento es convidar posibilidades. En los últimos cientos de años, nuestra cultura occidental ha relegado a categoría de ‘cosa’ a ser dominada, tanto a la tierra como a las mujeres; las lógicas de explotación de la naturaleza están profundamente entrelazadas con las opresiones de género, clase y colonialidad. Estamos ante la posibilidad de que algunos ejemplares poderosos de nuestra especie produzcan la primera aniquilación biológica del planeta, a las bombas y a los extractivismos, arrastrando con eso a cientos de miles de maravillosas formas de vida que cohabitan el planeta. Cuando comencé a escribirlo parecía exagerado, pero lamentablemente la realidad es que nos acercamos a este escenario a pasos acelerados. Por eso, frente a este colapso múltiple, en esta crisis civilizatoria, se vuelve urgente y necesario construir colectivamente nuevas formas de pensar, sentir y habitar el mundo. Es posible que como especie, encontremos otras maneras de relacionarnos, de crear condiciones de vida respetuosas como sociedades, y con la biosfera que nos sostiene. La escritura de este libro parte de la lectura, la escucha y la conversación con esos otros imaginarios que contribuyan a transformar la narrativa.

Las trece actrices en escena, en la obra que escribió Clara Andrade y dirige Gimena Torti Romairone.

—Citás a Ursula K. Le Guin y, en particular, su ensayo “La teoría de la bolsa como origen de la ficción”. ¿Qué resonancias encontraste entre esa idea de la bolsa (como contenedor de semillas e historias por contar) y tu forma de narrar esta historia colectiva?

—El ensayo de Ursula K. Le Guin desafía la idea predominante de una narrativa tradicional lineal, en la que los héroes (generalmente hombres) realizan hazañas y conquistan, dominan y triunfan. Esta es la forma del relato del cazador, que empieza como una flecha y finaliza dando en el blanco, que cae muerto. La forma del relato de la bolsa, en cambio, es un proceso continuo donde no hay héroes; hay personas, espacialidades y circunstancias. Se trata de un modo de contar más antiguo que las flechas, que nos remite a la identidad relacional; una manera de estar en el mundo desde el cuidado, una narrativa relacionada con la continuidad, que se abre paso como la vida. Recordemos lo que la antropóloga Margaret Meas sugirió como origen de la civilización sapiens: un hueso roto y curado, lo que implicaba como hipótesis que alguien cuidó, alimentó y ayudó a sanar a un par.

Las mujeres que habitan este universo del libro tienen contradicciones, miedos, preguntas; no lanzan flechas, recogen perspectivas, posibilidades, crean mundos dentro de su mundo. Como la vida misma; conversan y toman decisiones para dar continuidad, para preservar la trama.

—¿Qué otras lecturas o materiales científicos, antropológicos, poéticos o audiovisuales acompañaron la gestación de este mundo ficcional?

—Fueron varios años de lecturas, la lista es amplia como mi curiosidad. Arrimo algunas referencias: los materiales científicos referían a informes climáticos y ambientales como el Informe Planeta Vivo y el informe del IPCC de la ONU, realizados anualmente por un panel intergubernamental de expertos en Cambio Climático. Los aportes sociológicos y antropológicos fueron de Yayo Herrero, Almudena Hernando, Silvia Rivera Cusicanqui. Desde la filosofía de la ciencia y la biología las más leídas fueron Vinciane Despret, Donna Haraway, Jane Goodall, Suzanne Simard. También en el ámbito local fui encontrando referentes desde el activismo ambiental en Flavia Broffoni, Moira Millán, Andrés Carrasco, Guillermo Folgueras, y muchas agrupaciones civiles al cuidado de la tierra y el mar como la Asamblea Paren de Fumigarnos o Mar Libre de Petroleras. De todas estas personas fui aprendiendo que en todos los tiempos, aun en los más oscuros, hay siempre quienes eligen cuidar. Y a todas estas lecturas se sumaron horas de escucha a la ancestralidad, a quienes pueblan y guardianan desde hace miles de años este territorio sudamericano; sin destruir, sin depredar. Las voces de los pueblos originarios, la sabiduría y la diversidad de sus cosmovisiones me envolvieron en un ponchito de esperanza. De esas voces aprendí que hay otras posibilidades: el tiempo, el espacio, el lenguaje, las formas de vivir y de morir en esta tierra son diversas, plurales y pueden ser bellas y amables, conscientes, honradas, respetuosas de la vida en sus múltiples formas… Recuperar esa memoria me permitió imaginar otras alternativas a la narrativa hegemónica de dominación y competencia, abrir la escucha a formas nuevas, colaborativas, regeneradoras… Este paradigma cultural occidental nos ha hecho creer que no somos capaces de transformar, pero es posible. Y ese simple desvío del discurso flecha genera diversos futuros posibles, más creativos, más dignos de ser vividos. Y hablando de eso, mis referentas poéticas y audiovisuales más compañeras en este recorrido son Ursula K. Le Guin, Liliana Bodoc, Lucrecia Martel y Björk.

Con más de 20 obras estrenadas en Mar del Plata, la compañía Quantum presenta actualmente “Los cuidados invisibles”.

—¿Cómo fue el proceso de adaptación del texto narrativo al texto teatral? ¿Qué potencias encontrás en cada uno?

—La adaptación teatral es una maravilla a cargo de Gimena Torti Romairone, quien fundó la compañía Quantum en 2009 y con quien venimos creando hace 18 años. El proceso creativo siempre es una conversación intermedial, a veces las palabras decantan de la imagen y el movimiento; esta vez el texto estuvo antes. Cuenta con la maravillosa escenografía de Sandra Othar, quien ilustra el libro también, y la música original de Buda Azul (de Rita Covelli y Rómulo Tamini). Al principio fue complejo, porque las voces son muchas, el relato es plural y el contenido era un poco inquietante, las intérpretes estaban hablando de cosas muy duras, que no tardarían mucho en pasar en la ficción ambientada en 2054; para nuestro desconsuelo, a medida que avanzábamos en el proceso, íbamos comprobando que la línea narrativa de la realidad se aceleraba. Muchas horas de trabajo, ensayos, lecturas, conversaciones y la mirada inmensa y creativa de Gime hicieron que salga al ruedo una obra bella y de gran potencia poética y humana. El texto sigue conversando-nos, se mueve y nos transforma.


“Vamos a tener que aprender a colaborar y cuidar, pero de eso sabemos un rato las mujeres, así que confiemos en las redes y en la memoria ancestral”.


—Si bien tu distopía pone sobre la mesa el colapso ambiental y social, al mismo tiempo hay un hilo de esperanza, al vislumbrar nuevas formas de organización social. ¿Imaginás que esa reconstrucción social, desde la cooperación, es posible en este contexto? En ese caso, ¿en qué prácticas, lugares, colectivos lo ves posible?

—Por supuesto que es posible, que son posibles; porque no es una sola la salida. Tampoco es desde la fantasía de la individualidad, ni del heroísmo. Los bichos humanos tenemos la posibilidad de nombrar, de soñar, de tener memoria, de honrar, de cuidar. Es en este contexto que tenemos la urgencia de elegir si queremos que nuestro paso por el mundo sea digno de ser vivido o no. Lo veo posible hoy mismo, en asambleas ciudadanas y vecinales, en comunidades agroecológicas y permaculturales, en las comunidades originarias, en las organizaciones sociales y científicas. Queda mucho trabajo por delante, pero a estas alturas podemos decir que el contexto no nos va a dar otra chance; si queremos sobrevivir y regenerar, vamos a tener que encontrarle la vuelta a cooperar. El mundo que nos presenta el sistema hegemónico es para muy pocos, les que quedemos en los territorios vamos a tener que aprender a colaborar y cuidar, pero de eso sabemos un rato las mujeres, así que confiemos en las redes y en la memoria ancestral.

Un momento de la obra “Los cuidados invisibles”. 

—La presentación del libro se realizó junta a la performance Sudamericana de la compañía Quantum y con las preguntas del laboratorio Raíz: “¿Qué miramos? ¿Qué elegimos no mirar?”. ¿Tu escritura podría pensarse también como un ejercicio de visibilización? ¿Qué temas te interesa traer de la periferia al centro para discutirlos en nuestro presente?

—Es fácil detectar la periferia, cuando lo que no se dice va gritando por ahí. En estos tiempos se habla muy poco de la educación; tampoco se habla del derecho a nacer, crecer y morir en un contexto digno de ser vivido, con agua potable, con soberanía alimentaria, con un techo, un pedacito de tierra para cuidar en este tránsito misterioso que son nuestras vidas humanas. El derecho a un buen vivir, que no implique que el absurdo y desmesurado confort de unos pocos, sea sostenido por tantas que la pasan mal. Entonces, las preguntas que se abren son: ¿para qué mundo estamos educando a las infancias?; ¿qué historias les estamos contando?; ¿qué preguntas les convidamos para que puedan seguir tejiendo futuros posibles?; ¿tiene corazón esa educación?, ¿apunta a la colaboración, a la convivencia?; ¿son saberes anclados al territorio? ¿tienen contexto, calle?; ¿damos lugar al diálogo y el pensar por el bien común? ¿le damos importancia a un vivir responsable, situado, comunitario?

De alguna manera, lo que se vuelve visible en el libro es que el cuento del colonialismo patriarcal y su paradigma de progreso indefinido, su consumo desmedido, sus tecno feudos, sus mega monopolios milmillonarios y sus tirañuelos de turno, le están declarando la guerra a la vida.

Y sí, el contexto geopolítico nos convida pasiones tristes a diario, minuto a minuto. Pero desde este rinconcito marítimo al sur del sur, es posible convidar pasiones alegres y hacer el intento de inventar un relato otro, diverso, plural en el que la vida trama sin que nos demos cuenta, en los cuidados invisibles que nos sostienen, seamos conscientes o no.

—Dentro de tu propio recorrido como escritora y dramaturga, ¿qué continuidades y qué desplazamientos reconocés en “Los cuidados invisibles”?

—Creo que en general, hay una continuidad, pero es una continuidad que se transforma, que dialoga con la época, con mis compañeras, con mi territorio, con mi histórico y con los temas que me preocupan o me dan curiosidad. Me gusta una frase que dijo la increíble Clarice Lispector cuando le preguntaron por qué o para qué escribía: “escribo como queriendo salvar a alguien, tal vez a mí”. Concibo la escritura como un tejido que hacemos en plural, las palabras que elijo también son de otras y otros que me hicieron ser quien soy. Intento convidar lo que observo, cuidar lo que importa, inventar aunque sea en el papel, otras formas de relacionarnos, de pensarnos, de hacernos preguntas.

—¿Qué te gustaría que provoque la lectura de “Los cuidados invisibles”? ¿Una pregunta, una incomodidad, una práctica posible?

—Creo que la potencia de hacernos preguntas para ampliar las perspectivas y las posibilidades es invaluable y urgente en estos tiempos. Así que con se queden con una pregunta me alcanza y me alegra el corazón. A mí me gustan las plantas, y aprendí de ellas la estrategia de las flores: no se trata de dominar, sino de desplegar los colores.

“Los cuidados invisibles” se presentó la noche del sábado en la sala Piazzolla del Auditorium, en el marco de las actividades por el 8M.

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El libro de Clara Andrade puede puede conseguirse en la Librería Universitaria (Jujuy 1731), El Ventanal (Yrigoyen 2011) y El Gran Pez (Santiago del Estero 2052) o encargarse por mensaje privado a la cuenta de Instagram @loscuidadosinvisibles.libro Y para información sobre las próximas funciones de la obra de teatro danza “Los cuidados invisibles”, visitar la cuenta @quantumdanzateatro 


“Mujeres conversando”: intervención artística por el 8M

En el marco de las actividades por el Día Internacional de la Mujer, la compañía Quantum realizará la intervención “Mujeres conversando” este domingo a las 16.30 en el Museo MAR. La propuesta invita a participar de una experiencia colectiva que combina poesía, danza y diálogo.

“¿De qué conversamos las mujeres? ¿Qué hilos invisibles tejen las palabras que nos damos? ¿Qué nos mueve, qué nos interpela? Las mujeres conversamos, y tal vez sea la única revolución posible ante el discurso obturado de dominación, violencia y sin metáfora que nos propone esta época. En tiempos en los que pareciera que no hay más lugar para la poesía ni la memoria, las mujeres seguimos conversando, tejiendo la trama, sosteniendo las redes con amor y furia“, señalaron desde el colectivo.

La performance incluye textos de Clara Andrade y composición sonora de Buda Azul (integrado por Rita Covelli y Rómulo Tamini), con dirección general de Gimena Torti Romairone.

La actividad forma parte de la agenda organizada por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires por el 8M, con entrada libre y gratuita.

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